Del boletín "Emblema" de septiembre, tomamos su editorial
Agosto concluye y, con él, el verano comienza, lentamente, a despedirse de nosotros. Atrás quedan los días de playa –algunas con arribada de patera incluida, como si fueran unos ejercicios de desembarco-, verbenas en las plazas de ciudades y pueblos e incluso aquel eclipse que nos trajo de cabeza durante días.
Las vacaciones habrán concluido para la mayoría de los españoles, incluso las de aquellos que lo han hecho a nuestra cuenta, sin importarles la grave situación que está atravesando España, con una parte de su territorio invadido por gente fornida –no hay más que verlo en las noticias–, en edad militar.
Cuántas previsiones se tomaron con ocasión de la mítica fecha del 12 de agosto –la del famoso eclipse-. Realmente parecía que todo terminaba aquel día. Dispositivos de seguridad con Centros de Mando dirigiendo las operaciones de las Fuerzas de seguridad, bomberos, protección civil, etc. Incluso politiquillos y politiquillas sacando palmito y sonrisilla cínica para alardear y presumir de las capacidades operativas de su ciudad. Parecía como si el fenómeno astronómico fuese a producir grandes desastres o, incluso, graves alteraciones del orden público y la seguridad ciudadana o, simplemente, con él se iba a terminar el mundo.
Sin embargo, pese a saberlo con antelación –para eso están los Servicios de inteligencia e información– no se adoptó medida alguna para evitar que miles y miles de invasores, cruzaran impunemente la frontera de Ceuta e invadieran nuestro territorio; incluso alguno de ellos, como hemos visito en las televisiones, portando armas.
¿Por qué no se tuvo la misma previsión que con el eclipse solar?, ¿por qué no se reforzó policialmente la ciudad de Ceuta para evitar la avalancha de individuos que asaltaron nuestra frontera sin que nadie tratase, siquiera, de impedirlo.
No es fácilmente creíble ni digerible que, de forma tácita, a una misma hora, un mismo día, más de 80.000 individuos se concentren en una localidad sin que previamente alguien los haya convocado o las fuerzas policiales de la ciudad dónde se reúnan no sean capaces de detectar semejante concentración y prevenir las consecuencias de semejante concentración. Sin embargo, al parecer así ha sucedido. Nadie sabía nada y a todos los cogió por sorpresa.
Y así, por el arte de birlibirloque, como de la nada surgieron 80.000 individuos, de buen aspecto físico, incluso bien vestidos, algunos con trajes de neopreno, que no huyen de ninguna guerra, ni tampoco de ninguna epidemia, ni siquiera de la hambruna. Y, para colmo, algunos preparados para instalar puestos ambulantes en plena calle para vender camisetas y zapatillas de deporte. Es extraño ¿no?
Lo cierto es que, merced a esta llamativa e increíble imprevisión, no se adoptó medida alguna y, de repente, como de la nada, surgieron 80.000 invasores que, literalmente, tomaron las calles de la ciudad, convirtiendo a Ceuta en una suerte de barril de pólvora con mecha lenta encendida que, el día menos pensado, se puede consumir provocando que la situación se convierta en dramática e indeseable.
Pese a todo, quizás lo más grave de la situación pasa por el hecho de que, transcurrido un mes desde aquel fatídico día de finales de julio, nadie haya adoptado medida alguna conducente a resolver este estado de cosas.
Todo pasa por buenas palabras, que ni siquiera se las cree quien las pronuncia, mentiras y otras componendas que ponen, una vez más, de manifiesto el grado de ineptitud de los que nos desgobiernan y nos llevan a la más absoluta de las ruinas.
Y para colmo, mientras que a los policías, guardias civiles y militares se les mata con un bocadillo de miserable mortadela y un yogur, a los invasores se les premia el gesto con buenas viandas en las que incluso hay postres variados que, por cierto, pagamos todos.
Pero todavía hay más –y esto no es demagogia– mientras que a los nuestros se les da carne de cerdo por ser la más barata, a estos que nos invaden impunemente se la hay que dar de ternera, ya que ellos el gocho no lo quieren. Es el colmo de la estupidez y de ese buenismo canalla que han introducido en las venas de nuestra sociedad a cada paso más infantiloide.
No le gusta el cerdo o no quiere comerlo. Pues es lo que hay y si no lo quieres, ya sabes, carretera y manta y lárgate de aquí que nadie te ha llamado
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