Del boletín "Emblema" de julio tomamos la primera parte de interesante trabajo de nuestro gran amigo y compañero el Subinspector Antonio Alonso Rodríguez.
Hace unos meses, recibí un correo electrónico a través de mi web en el que se solicitaba información sobre una granada de mano. Según el remitente, el objeto pertenecía a su familia desde tiempos de su bisabuelo y me aseguraba que la pieza carecía de mecanismos y era totalmente inerte.
Este tipo de consultas no son extrañas, pues mi sitio web está dedicado al estudio del armamento utilizado en la Guerra Civil Española. Tras solicitar más detalles al remitente, éste me relató que su abuelo recordaba haber visto la granada desde niño en el despacho de su padre, es decir, de su bisabuelo, donde servía como elemento decorativo. A mis preguntas me informó que nadie en su familia tenía vínculos militares; por el contrario, pertenecían al ámbito del derecho como jueces, fiscales y abogados. Otro dato crucial que me aportó fue que el cuerpo de la pieza, aunque metálico, no era atraído por imanes, lo que descartaba el hierro como material de fabricación.
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| Imágenes recibidas por email |
Como se puede ver en las fotos que recibí se trataba de una granada de mano, de forma cilíndrica, con cuerpo prefragmentado, que estaba introducida, para su conservación en una urna de cristal.
Hay varias granadas de mano artesanales utilizadas en la guerra civil española muy similares a este objeto, pero ninguno igual, y eso que la catalogación de estos artefactos está muy avanzada. Además había otro dato que no cuadraba, lo normal es que los cuerpos de estos artefactos artesanales estén fabricados de hierro, metal de fácil adquisición y también de fácil manipulación, por lo que podían ser elaboradas en pequeños talleres sin problemas.
Otro campo de mis investigaciones es el estudio de los artefactos explosivos utilizados en atentados en España desde final del siglo XIX a nuestros días, por lo que me llevó a pensar que tal vez, y sólo tal vez, se pudiera tratar de una granada artesanal fabricada antes de la guerra civil por algún grupo extremista para realizar sus acciones terroristas, por lo que centré mi investigación a los artefactos explosivos artesanales fabricados por grupos radicales en el primer tercio del siglo XX.
Ahí dimos en el clavo. Una consulta en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, me llevó a identificar, sin género de dudas, el artefacto en cuestión. En la edición del 30 de mayo de 1923 de la revista “Mundo Gráfico” (1) aparecía una noticia titulada “Dos terroristas detenidos con su mortífero equipaje”.
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| Dos terroristas detenidos con su mortífero equipaje. Mundo Gráfico 30/05/1923 |
En la noticia, además del nombre de los detenidos, Silvino Acitores Mínguez y Adelaida Armas López, aparecían unas fotografías, por fortuna con bastante buena calidad, donde se podía ver el material incautado a los terroristas. Seis pistolas de calibre 7,65 milímetros, una pistola de calibre 6,35 milímetros, cargadores de repuesto y munición para ambas armas, y seis bombas o granadas de mano, dos “… dispuestas para ser lanzadas, cuatro más sin pistones ni carga, varios frascos con líquidos explosivos…” (2). Tras un rápido vistazo se pudo determinar que las bombas que aparecían en la noticia eran idénticas a la que se mostraban en las fotografías recibidas.
Con esta información, el resto fue fácil, simplemente fue tirar del hilo que nos había proporcionado la noticia.
He aquí los hechos. Al parecer, en mayo de 1923, las fuerzas de seguridad sospechaban que se iban a realizar atentados en Bilbao con motivo de la celebración, en esa ciudad, del juicio contra los autores del asesinato del gerente de los Altos Hornos de Bilbao, Manuel Gómez Canales, cometido en enero de 1921 y que había llevado a la detención de numerosos anarquistas.
Para evitar esos posibles atentados el Director General de Orden Público, Carlos Blanco Pérez, ordenó al Comisario Jefe de la 1ª Brigada de Investigación, Don Luis Fenoll Malvasía, que se montara un servicio que vigilara los trenes con llegada a Bilbao, sobre todo los que tenían origen en Barcelona y Zaragoza, las dos ciudades con más elementos anarquistas de acción en esa época.
El sábado 25 de mayo, los agentes del Cuerpo de Vigilancia Don Ángel Marugán Fernández y Don Vicente Roncero Marzó suben en Logroño a un expreso, procedente de Zaragoza, con destino a Bilbao. Son dos policías veteranos, destinados en la Brigada de Investigación desde hace años y con un “instinto policial” muy desarrollado gracias a su amplia experiencia en la lucha contra la delincuencia.
Estos avispados agentes, de los que más adelante hablaremos, recorren todo el tren y cuando llegan a los vagones de tercera clase observan que una pasajera, tras identificarse estos como agentes de la ley, se pone especialmente nerviosa. Tras interrogar a todos los ocupantes de ese compartimiento, descartan a todos menos a dos. Una de ellas es la mujer, llamada Adelaida Armas López y el otro es un hombre, Silvino Acitores Minguez. Al llegar a la estación de Miranda se les ordena que bajen del tren junto con su equipaje. Acitores, al principio, manifiesta que viaja sin equipaje, pero el resto de los viajeros que ocupan el mismo departamento, advierten a los policías sobre una maleta colocada bajo el asiento que ocupaba Acitores. Una vez en la estación de Miranda, Silvino es cacheado y se le ocupa, en un bolsillo del pantalón, una pistola calibre 6,35 milímetros, marca Alkar, con una bala en la recamara y lista para ser usada, así como dos billetes de tren, de numeración consecutiva (7781 y 7782), que indicaba que viajaba acompañado por Adelaila, que carecía de él.
Una vez en la estación se solicita refuerzos a la comisaría de policía de Miranda de Ebro y acuden los agentes Nicéforo García Cantero y Geminiano Díez Gómez. En su presencia se abre la maleta y encuentran en su interior una gabardina, con un pañuelo en uno de sus bolsillos con las iniciales “S.A.”, seis pistolas de calibre 7,65 milímetros con sus respectivos cargadores, nueve cargadores más de repuesto, seis cajas de munición y seis bombas de mano, dos de ellas totalmente dispuestas para su funcionamiento y las otras cuatro vacías. Encuentran además, tubos de cristal rellenos, unos con un líquido de lo que parece ser ácido y otros con polvos, así como una anotación manuscrita por Acitores con la siguiente fórmula química “carburita 1000 por 12 de sulfúrico”, que según se pudo determinar posteriormente, son elementos que al mezclarse son extremadamente peligrosos debido a la rápida generación de gases inflamables que se producen.
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| Armas intervenidas, a la izquierda, una pistola de calibre 7,65 mm., tipo Rubi y a la derecha una pistola Alkar de calibre 6,35 mm. |
Ambas personas son detenidas y trasladadas, inicialmente a Madrid, donde se decreta su ingreso provisional en prisión y, posteriormente, al penal de Burgos al ser competente para la instrucción el juzgado de Miranda, lugar donde fueron detenidos.
Las bombas intervenidas, así como las ampollas de cristal, son remitidas al Parque de Artillería de Madrid para la desactivación de las dos granadas de mano que estaban listas para funcionar, así como para analizar el resto de los componentes requisados.
Unos meses después, el 24 de noviembre de 1923, la Audiencia de Burgos celebra la vista para juzgar los hechos narrados y ante las numerosas evidencias, son condenados Silvino Acitores Mínguez a seis años y un día de presidio mayor y Adelaida Armas López, a seis años y un día de prisión mayor. Interpusieron recurso de casación ante el Tribunal Supremo, que el 14 de abril de 1924 declara “que no ha lugar a la admisión del recurso interpuesto por Silvino Acitores Mínguez y Adelaida Armas López” (3).
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| La Semana Gráfica (Sevilla), edición 2/6/1923 |
No me resisto a hacer un comentario. En seis meses, sin ordenadores, impresoras e internet y posiblemente sin siquiera una máquina de escribir, la justicia de 1923 fue capaz de instruir y enjuiciar los hechos. Asimismo, en apenas otros seis meses, el Tribunal Supremo ya se había pronunciado sobre el recurso de casación. Resulta paradójico que, con los adelantos técnicos actuales, la justicia española de 2026 sea incapaz de instruir y enjuiciar hechos similares en menos de tres años. Lo sé de buena tinta: en un caso similar donde participé como perito —individuos detenidos con granadas de mano aunque con fines delincuenciales—, “solamente” se tardó tres años y cuatro meses en iniciar el juicio. La sentencia tardó otros tres meses y a saber lo que se dilató posteriormente tras los inevitables recursos a instancias superiores. No hay mayor injusticia que una justicia lentísima.
Y finalmente, una nueva carambola. Un buen amigo, TEDAX ya jubilado, con una gran experiencia profesional y al que le gusta investigar en los archivos históricos, hace pocos días tuvo la amabilidad de compartir conmigo, ya que sabe mi interés por estos asuntos, un esquema de un artefacto explosivo que había localizado en un informe pericial realizado por la Maestranza de Artillería de Madrid en 1923. Para mi sorpresa este esquema representaba una de las granadas intervenidas a Silvino Acitores e indicaba el material en que estaba fabricado el cuerpo de la granada, una mezcla de plomo, estaño y cinc, es decir calamina, lo que explicaba que no fuera atraído por imanes, así como su sistema de iniciación, al impacto, su sistema de activación, químico por mezcla de dos elementos que iniciaba un detonador o cebo que, a su vez, activaba la carga principal de dinamita.
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| Esquema de la bomba de mano intervenida |
Este tipo de artefactos nos recuerdan a los diseñados en 1905 por el medico Pedro Vallina, furibundo anarquista, que por su fiereza “revolucionaria” era conocido con el apodo de “El tigre” y que fundó varios laboratorios clandestinos en España para enseñar a sus correligionarios los secretos de la fabricación de artefactos explosivos. Entre otros artefactos diseñó unas pequeñas bombas, de funcionamiento al impacto, para ser usadas contra los policías que acudían a reprimir manifestaciones, “…tienen forma y dimensiones de un huevo. Su superficie es totalmente lisa, explosionan al ser lanzadas fuertemente, como se haría con las piedras. Su detonación es intensa y las personas cercanas quedan quemadas. El cuerpo de la bomba forma una cincuentena de proyectiles irregulares susceptibles de herir gravemente a las personas. Están destinadas para ser lanzadas a los policías cuando estos cargan contra los manifestantes” (4).
También en el imprescindible manual para los estudiosos del armamento utilizado durante la guerra civil, “Apuntes para la escuela de ayudantes de artificiero”, redactado y dibujado en 1940 por el Maestro Artificiero Miguel Bonilla Sánchez, destinado en el Servicio de Recuperación de Material de Guerra de la región Centro, aparece una bomba de mano artesanal, denominada en el citado texto como “Bomba de mano roja” (5), donde se describe un artefacto explosivo con el mismo funcionamiento que las granadas intervenidas a Silvino Acitores y Adelaida Armas, aunque su forma exterior es distinta. Por cierto, este Maestro Artificiero, Miguel Bonilla Sánchez, que también participó en la redacción de otro manual imprescindible el “Estado de clasificación de espoletas, proyectiles, vainas, estopines y pólvoras” tuvo un trágico final. En abril de 1945, se descubrió que había estado entregando granadas de mano, munición para fusil y pistola y explosivos depositados en su unidad, el servicio de recuperación de material de guerra, a miembros del maquis de la partida de Jesús Gómez Recio, alias “Quincoces” que actuaba en la zona de Toledo y Ávila, por lo que fue juzgado en consejo de guerra y fusilado, junto a sus cómplices, el 9 de febrero de 1946. Sus restos reposan en el cementerio de Alcalá de Henares.
Antonio Alonso Rodríguez.
Notas:
1. Mundo Grafico, Revista, edición del 30 de mayo de 1923.
2. Idem.
3. Jurisprudencia Judicial. Colección completa de las sentencias dictadas por el Tribunal Supremo, publicada por la Revista General de Legislación y Jurisprudencia, año 1924, tomo 111, sentencia 136, página 317.
4. Cit. en GONZALEZ CALLEJA, Eduardo «La razón de la fuerza», Editorial CSIC - CSIC Press, Madrid, (1998) p. 365, escrito anónimo en Archivo de la Prefectura de Policía de París, 05/06/1905 serie B, legado 1511, Anarchistes en Espagne.
5. BONILLA SANCHEZ, Miguel en «Apuntes para la escuela de ayudantes de artificiero», (1940), Servicio de Recuperación de Material de Guerra de la región Centro.







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