lunes, 6 de abril de 2026

Editorial de Emblema de abril

Del boletín "Emblema" de abril tomamos su editorial.

Ha comenzado la Sema Santa, nuestra Semana Mayor, las fechas del calendario anual en las que conmemoramos la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Días de recogimiento y de reflexión interior que nos conducirán a la explosión de júbilo del Domingo de Resurrección que nos enseña, como cantamos en la homenaje a nuestro caídos que la muerte no es el final.

Noches de primavera de joven andadura; noches de abril, serenas, mágicas; noches cálidas con suaves matices olorosos de flores que estallan, como carcasa de fuegos artificiales, deslizándose por las esquinas de las viejas callejuelas, estrechas y poco iluminadas

A lo lejos, en cualquier esquina de las calles de nuestra Patria, se escucha, vago, perdido, como un eco indeseable, el redoble cadencioso y lento de un tambor quizás destemplado. La gente, en silencio, se va agolpando en las aceras, en los cruces de las calles iluminadas con mortecinos tonos de luz amarillenta. Niños con rostros sobrecogidos, soñolientos; ancianos con facciones gastadas, surcadas por la indeleble marca del tiempo que pasa; mujeres con manos temblorosas, cubiertas sus cabezas con negros pañuelos que evocan el recuerdo de la muerte. Todos aguardan, con dramática tensión, el paso del cortejo procesional.

Golpe a golpe, redoble a redoble, los tambores van surgiendo de la lejanía, haciéndose cada vez más dueños, más señores de la noche que se oculta tras su propio manto negro, escondiendo su rostro de mujer entre sombras inquietantes.

De repente, como de la nada, un agudo sonido de clarín rasga el nocturno abrileño deslizándose, a caballo de la brisa, por entre las esquinas. Un gemido de dolor, de angustia, de profunda amargura, hecho eco entre las piedras de las murallas medievales que pone un nudo en la garganta impidiendo tragar saliva.

Una cruz y dos ciriales abren el desfile procesional proyectando sus avisadoras siluetas, irreales, fantásticas, sobre las losas humedecidas por el rocío nocturno. Hombres encapuchados, con los rostros cubiertos de un negro que traslada el tiempo a otro jamás vivido, portando enormes cirios que, en su crepitar, reflejan sombras fantasmales, mágicas, sobre las lunas de los escaparates apagados, silenciosos, vacíos, inundando el ambiente con un fuerte y pegadizo olor a cera quemada.

El silencio es el principal protagonista en esta noche de primavera de poca andadura, recién estrenada.

Ante las gentes, que se agolpan en las aceras, desfilan, con lentitud parsimoniosa, largas filas de cofrades vestidos con hábitos de diferentes tonos, negros, azules, verdes, blancos, propios de cada Hermandad; con los rostros cubiertos por altos capirotes adornados de cruces de oro y plata. Pies desnudos se deslizan por las frías losas de gastada piedra secular. Enormes cruces de madera discurren, arañando el empedrado, portadas por hombros doloridos, heridos por la exigencia de una vieja promesa, por la renovación de la esperanza, de la fe.

Poco a poco, los tambores se van acercando, se van haciendo más presentes, rompiendo los últimos silencios de la noche profunda y oscura que parece querer huir entre sus propias sombras. Una exclamación de infantil asombro surge de un balcón lleno de niños absortos en la contemplación del milenario drama. Las cruces de metal golpean el suelo marcando el ritmo lúgubre de la marcha; aquí la ansiada parada; allá el reinicio del lento discurrir camino del Calvario. En una esquina, oculta bajo el dintel de la puerta de un vetusto caserón, una mujer rubia, de pelo lacio, con acento de una tierra lejana, ajena quizás al dramatismo del momento, dispara un par de veces el flash de su cámara, atravesando el alma de la noche como un rayo en atardecer invernal de espantosa tormenta.

El silencio todo lo puede, la mística del instante hace encoger el corazón; nadie habla, tal vez en voz baja alguien deje escapar tan solo siete palabras. ¡Todo está consumado! Una ráfaga de viento frío golpea el rostro, hiriéndolo, como las pesadas madejas de lana pican las espaldas de los disciplinantes en la dramática celebración de una Semana Mayor perdida en el tiempo, en los recuerdos; luego, sin querer detenerse ni un solo instante, huye deslizándose entre recónditos claustros, perdiéndose entre las callejas solitarias y mal iluminadas, dejando tras de sí un escalofrío que encoge el alma.

Estamos en Semana Santa, vivámosla con intensidad y devoción.

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