lunes, 25 de abril de 2022

1902. El crimen de Don Benito

Nuestro buen amigo y colaborador Carlos Fernández Barallobre, nos remite este interesante trabajo sobre uno de los crímenes más famosos de la historia criminal española.

La crónica negra de nuestra querida España se cebaría con el pueblo pacense de Don Benito cuando el día 19 de junio de 1902, fueron descubiertos, por una lechera de nombre Pancha, que llevaba su mercancía diariamente a una de las casas del pueblo, una modesta vivienda con un comedor-sala de estar y dos pequeños dormitorios situada de la calle Padre Cortés, los cadáveres de dos mujeres.

Inés Calderón


Tras llamar numerosas veces a la puerta, sin repuesta, la lechera accedió a la casa dándose de bruces con una escena dantesca. En el suelo yacía el cadáver de Catalina Barragán, de alrededor de 60 años, en medio de un charco de sangre. La lechera, espantada, salió en busca de la Guardia Civil, ante tamaño descubrimiento. Los hombres del Benemérito Instituto encontraran en uno de los dormitorios de la casa otro cadáver, este de la hija de Catalina, Inés María Calderón Barragán, una joven de 18 años muy atractiva. Su cuerpo se encontró con la cabeza debajo de la cama, las ropas desordenadas, con su camisón subido hasta la cintura y sus manos situadas entre los muslos, en una actitud típica de defensa ante un ataque de carácter sexual. El cuerpo de la joven presentaba 21 puñaladas. Su madre una de mortal necesidad. Las paredes llenas de salpicaduras de sangre. Los guardias civiles encontraron también, esparcidos por el suelo de la casa, restos de una copa, así como un maletín médico caído a los pies del primer cadáver en la sala comedor.

Las dos asesinadas, muy apreciadas en el pueblo, vivían solas, pues el marido de Catalina había fallecido y su otro hijo se encontraba cumpliendo el servicio militar en Sevilla. Las dos mujeres se dedicaban a coser y planchar para las gentes más acaudaladas del pueblo y además tenían alquilada una de las dos habitaciones de la casa al médico oculista de la vecina Villanueva de la Serena, Carlos Suarez, que allí pasaba consulta a sus pacientes.

Inés, la hija de Catalina, era una bellísima muchacha que levantaba pasiones, sobre todo en dos pretendientes. Uno, un joven llamado Saturnino Guzmán, muy educado y respetuoso, que estaba locamente enamorado de Inés, pero que no era correspondido. Otro Carlos García de Paredes un joven cacique, de 32 años de edad, soltero, altivo, chulesco, déspota, sin oficio ni beneficio, viviendo de rentas y muy amigo de la bebida y de la conquista de mujeres fáciles, que lucía un imponente bigote, y al que Inés despreciaba profundamente.

Debido a la aparición del maletín a los pies del cadáver de Catalina, la Guardia Civil detuvo en primer término al oculista Carlos Suarez, cometiendo un error de enormes proporciones, que a punto estuvo de costarle la muerte al oculista tras los duros interrogatorios. Tras ello fue detenido Satur Guzmán, ante la incredulidad del pueblo que ya por todas las esquinas señalaba al chulesco García de Paredes, pues sabía que asediaba de forma continuada a Inés con intención de llevársela a la cama.

La Guardia Civil y el juzgado tardaron numerosos días en decidirse por la detención de García de Paredes, debido sobre todo a las propiedades e influencias de su familia. Una vez decidido el juez a tomarle declaración, “Don Carlos”, que tenía ya un amplio expediente delictivo, pues no vano había sido acusado de haber apaleado a un sereno, violar a una deficiente y de haber apuñalado a su propia madre, fue detenido por varias parejas del instituto armado, junto a su criado Juan Rando, al que se le acusó de haber querido limpiar las manchas de sangre encontradas en un traje de su señorito, y al sereno del pueblo Pedro Cidoncha. Todos negaron su participación en el crimen y proclamaron su inocencia.

Sin embargo, el 1 de septiembre, y sin que se hubiera apagado el gran clamor popular, con intento incluso de amotinamiento, que exigía justicia sobre todo con Paredes, apareció un testigo, un joven labrador Tomás Benito Alonso Camacho, que declararía ante el juez que había visto todos los hechos. Tomás relató al juez que, a la una de la madrugada de la noche de autos, regresaba a su casa por la calle Valdivia cuando se fijó en que delante de él marchaba el sereno Pedro Cidoncha, que se encontró con dos individuos con los que se paró a convenir algo. Los tres, seguidos por el labrador, se encaminaron a la calle Padre Cortes y se situaron delante de la vivienda de Catalina e Inés. Tomás se escondió detrás de un carro y pudo ver perfectamente como el sereno Pedro Cidoncha llamaba a la puerta de Catalina. Esta abrió y el sereno para despistarla, le dijo que traía un recado urgente en nombre del oculista Carlos Suarez, a fin de recoger el maletín de médico que tenía en casa. Además, Cidoncha solicito de Catalina un vaso de agua. Al entrar ella en la casa en busca del vaso de agua, el sereno hizo una señal con el farol a los otros dos individuos que resultaron ser, después de que Tomas Benito les identificase plenamente, Carlos García de Paredes y su amigo Ramón Martín de Castejón, que sin hacer ruido se introdujeron en la casa. Catalina le llevo el agua al sereno y este al ver que sus compinches ya estaban en la casa, se despidió de la mujer, continuando su ronda.

De seguido, ya en la casa, Catalina fue atacada por Carlos y Ramón que la golpearon con violencia varias veces en la cabeza y la apuñalaron cayendo al suelo sin vida

Al escuchar los gritos de su madre, Inés que se encontraba en su habitación, asustada levantándose de la cama, cerró el pestillo de la puerta. Los dos hombres echaron abajo la puerta comenzando un forcejeo entre Inés, Carlos y Ramón. Inés intentó escapar ocultándose debajo de la cama de la otra habitación, pero los asesinos la sacaron por los pies y tras abusar sexualmente de ella, la asestaron varias puñaladas que acabaron con su vida en aquel mismo lugar.

El testimonio de Tomás Benito dejaría en libertad a dos inocentes: Satur Guzmán y el médico Carlos Suarez.

Los acusados fueron sometidos a un largo juicio. El 18 de noviembre de 1903 García de Paredes y Castejón fueron condenados a dos penas de muerte. El sereno Cidoncha fue condenado a cadena perpetua, y el criado de Paredes quedó en libertad sin cargos.

Las ejecuciones se llevaron a cabo en Don Benito el 5 de abril de 1905. El verdugo designado para dar muerte a los asesinos con garrote vil, acabo rápidamente con Paredes, que llegó en muy mal estado al patíbulo, yéndose por la pata abajo y manchando completamente sus pantalones, Con Ramón Castejón, un hombre grueso de enorme cuello por un padecimiento de bocio. falló hasta en tres ocasiones, entre los insultos, lo quejidos y los espasmos del reo.

En 1988 el crimen de Don Benito fue llevado al cine con la cinta “Jarrapellejos”, protagonizada por Antonio Ferrandis. También “la huella del crimen” de TVE, le dedicó un capítulo dirigido por Antonio Drove, y protagonizado por Fernando Delgado, Emma Penella y Gabino Diego.

Carlos Fernández Barallobre.



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