Del boletín "Emblema" de agosto tomamos su editorial.
Hemos alcanzado el cenit del verano: agosto. El mes festivo por excelencia en el que toda ciudad y pueblo que se precie de ello, celebra sus fiestas mayores.
Sí en el mes de julio celebramos la festividad de Santiago, Patrón de España, en este celebraremos otro hito religioso de primer nivel, la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, la Virgen María, a los cielos.
Un mes en que se para el ritmo frenético de los otros meses del año y en el que parece todo quedar oculto tras ese periodo vacacional que provoca, además del éxodo masivo de las grandes ciudades, el parón de una buena parte de las actividades, entre ellas las judiciales lo que, probablemente, sirva para distraer un poco la atención sobre los vergonzosos casos de corrupción que acosan al gobierno “sanchista”.
Atrás se queda ese Campeonato del Mundo de Fútbol en el que nuestra Selección Nacional logró alzarse, con todo merecimiento, con el título de Campeón, devolviendo a España el orgullo de Nación y haciendo buena aquella frase de José Antonio Primo de Rivera que decía: “cuando España encuentre una empresa colectiva que supere las diferencias, España volverá a ser grande como en los mejores tiempos”.
Y así fue y gracias al esfuerzo de nuestros jugadores, procedentes de todas las Regiones de España, los españoles nos echamos a las calles, enseñoreándonos de nuestros colores, gritando sin complejos ¡viva España! y sintiendo el orgullo de ser de esta bendita tierra.
Ahora afrontamos, en lo que a fútbol se refiere, ese tortuoso camino hacia el Mundial 2030; un camino lleno de escollos y zancadillas, puestas tanto desde fuera como desde dentro, para evitar que la final de ese mundial se juegue en el único sitio donde puede celebrarse: el Estadio Santiago Bernabéu.
Sería indignante y vergonzoso que por lo que el moro sepa de las corruptelas de algunos de los políticos, tuviésemos que bajar los pantalones y admitir que la final de ese Campeonato del Mundo fuese a parar a Marruecos o a cualquier otro país.
Esa final es un derecho histórico que nos hemos ganado los españoles, no solo por la afición al deporte del fútbol que se ha visto incrementada en los últimos años; sino también por el brillante palmarés de nuestros equipos más representativos y de nuestras Selecciones Nacionales, tanto masculinas como femeninas, que han logrado a auparse a puestos de privilegio en el ranquin mundial.
Por otra parte, aunque nosotros a cada paso pintamos menos en el concierto internacional de naciones debido a unos gobernantes de segunda fila, amén de los casos de corrupción que nos cercan, todavía pintan menos los otros países coorganizadores de ese Mundial. Por tanto, la organización de esa final, es un derecho que, por muchos motivos, nos corresponde.
A alguien se le ocurriría pensar que la final del pasado mundial, compartida su organización con Méjico y Canadá, además de los Estados Unidos, la final se fuese a cualquiera de los otros países coorganizadores. Pues aquí tiene que suceder lo mismo, le guste o no al moro sátrapa o al gran rubio, incluso a nuestros políticos tan acostumbrados a bajar el pantalón cuando la ocasión así lo requiere.
Pero, de no ser así; de lograr, con movimientos arteros, propios o extraños, sustraernos la final de ese Mundial, y si nos queda un atisbo de dignidad y de orgullo, deberíamos no solo de declinar la organización de ese campeonato, sino también la participación de nuestra Selección Nacional en la competición. Ya está bien de bajar la cerviz y de arredrarnos ante cualquier payaso –con perdón de los payasos– por mucho poder que crea tener. En este caso, la dignidad nacional y la de todos los españoles está en juego.
En cuanto a la corrupción galopante que nos asola, ya estamos viendo hasta dónde está llegando, con una cascada de imputaciones que alcanza la mayoría de los Estamentos y esto, a cada paso, irá a más y, día tras día, iremos conociendo lo que han hecho con nuestro dinero, tirando por el suelo la dignidad nacional para que unos pocos se hagan de oro a cuenta de todos los demás.
Esperemos que la Justicia, que para eso está, funcione y que, más pronto que tarde, desde el primero al último se sienten en el banquillo encausados por un delito de lesa Patria.
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