viernes, 11 de agosto de 2017

Cuando la pena nos alcanza

“Cuando la pena nos alcanza por un compañero perdido…” Cuantas veces hemos escuchado, sobrecogidos, los compases de esta canción que, pese a antojársenos como triste, nos permite vislumbrar una luz al final del camino, una luz que nos dice, precisamente, que la muerte no es el final.


Como en otras muchas ocasiones, la gran familia policial está de luto; de luto riguroso por la muerte absurda pero heroica de tres compañeros que han dejado la vida en el difícil cumplimiento del servicio diario.

Monumento a los héroes del Orzán

Los que hemos dedicado algunas horas de nuestra vida a escarbar en la historia de nuestro querido Cuerpo nos hemos encontrado con muchos rasgos de valor, con muchos actos de heroico sacrificio y con muchas vidas que se han quedado en el camino en holocausto al servicio a los demás.

Unas veces nuestros caídos lo fueron con alevosos tiros en la nuca al salir de casa camino de la Comisaría o del Cuartel; otras, víctimas de accidentes de circulación mientras prestaban servicio en la carreteras de España; otras, cuando un vehículo policial encontró en su camino una bomba traidora y asesina; otras, en un tiroteo con delincuentes o terroristas y otras, como en esta ocasión, tratando de salvar la vida de los demás con absoluto desprecio de la propia.

Es fácil sentirse embargado por la emoción al leer, con detenimiento, las páginas de periódicos o la fría reseña de una Orden General que da cuenta de un hecho heroico protagonizado por un Policía; un cuasi anónimo servidor del orden que una mañana salió de casa camino de su trabajo ignorando que jamás habría senda de retorno, dejando atrás familia, ilusiones y proyectos.

Eso ha sucedido la fatídica madrugada del 27 de enero del 2012 en La Coruña; una noche fría del primer mes del año con un Atlántico embravecido, un mar rugiente enseñoreándose de la hermosa ensenada del Orzán observada, desde lo alto, por el milenario ojo de gran cíclope de la pétrea Torre de Hércules. Aquella noche, el mar exigió su tributo.

Estoy seguro que la noche transcurría tranquila. Una noche de jueves universitario con más alcohol de la cuenta pero sin serios problemas capaces de agobiar a una ciudad amable y pacífica como La Coruña. De repente, en la Sala del 091 se recibe la llamada: alguien está en peligro en el Orzán.

Nadie pregunta de quien se trata, ni siquiera porque motivo a esas horas y con ese mar alguien puede estar en la playa; tampoco se pregunta nadie que peligros puede tener que afrontar; no importa, simplemente hay que ir allí, lo más rápido posible, por si una vida peligra. 

Los lanzadestellos se activan iluminando la noche y “Zs” y “Ks” atraviesan raudos la ciudad camino del arenal del Orzán, sin pensar en riesgos, sin pensar en consecuencias. Por encima de todo está ese sentimiento de ilimitada generosidad que nos invade a los Policías cada vez que sabemos que alguien corre peligro. El honor, la obligación de cumplir fielmente con nuestro deber por encima de cualquier otra consideración incluida la personal.

En ese instante no se piensa en el camino de retorno a casa ni tampoco en lo que queda detrás de nosotros, sólo se piensa en cual es el deber que lleva implícito nuestro código de conducta. Por lo demás, sabemos que el Santo Angel nos protege en todos los días de nuestra vida.

A lo lejos, en medio de aquel mar bravo de oscuros presagios, alguien se debate entre la vida y la muerte. La consigna, la única consigna posible en este trance: hay que salvarlo sea como sea, al menos intentarlo por todos los medios.

No hay nada que pensar. Todo lo hemos pensado el día que solemnemente recibimos nuestro Despacho de Policía. Sabemos cual es nuestra obligación y hacemos lo único que sabemos hacer: servir a los demás, servir a la sociedad española y ser garantes de sus derechos, incluso de su propia vida.

Al final, una ola traidora, en su resacoso retorno a la mar, arrastra y siega para siempre la vida de tres Policías y con ellos se van sus sueños, sus ilusiones, sus deseos de vivir…

Cuantos nombres de héroes, casi anónimos, a lo largo de la ya dilatada historia de nuestro Cuerpo. Desde aquellos Inspectores y Agentes del legendario Cuerpo de Vigilancia o los Guardias de Seguridad del incómodo Casco de fieltro inglés y capote con esclavina; pasando por los abnegados hombres de Asalto o los del Cuerpo de Investigación y Vigilancia; los siempre sacrificados del Cuerpo General de Policía o de la Policía Armada y los del Cuerpo Superior y la Policía Nacional, hasta llegar a nuestro actual C.N.P.

Cuantos caídos víctimas de las balas o las bombas asesinas de anarquistas, terroristas de ETA, GRAPO, Terra Lliure o FRAP, etc.; cuantos muertos en enfrentamientos con delincuentes comunes; cuantos que perdieron sus vidas protegiendo las de otros en ciudades o carreteras; cuantos que dejaron a un lado sus sueños para morir por los de los demás.

Honor y gloria a los que dieron su vida por España. Honor y gloria por siempre al Oficial Rodrigo Maseda Lozano y a los Policías José Antonio Villamor Vázquez y Javier López López; que Dios Nuestro Señor los acoja, guiados por la mano protectora del Santo Angel de la Guarda, en su seno y les permita contemplar la luz eterna.

José Eugenio Fernández Barallobre,

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