miércoles, 8 de febrero de 2023

El asesinato de Maria del Carmen Castell Vidal

Del boletín "Emblema" de febrero tomamos este interesante trabajo de nuestro buen amigo, compañero y colaborador, el Subinspector Jesús Longueira Alvarez.   

La noche del 13 al 14 de febrero de 1982 se produce en la localidad de Ulldecona, (Tarragona), la muerte violenta de la joven de dieciocho años María del Carmen Castell Vidal, crimen ocurrido durante las fiestas que con motivo del carnaval se celebraban en el pueblo. El caso, que al igual que otros tuvo visos de “culebrón” fue resuelto bastante más de una década después, casi dos, y entre las vicisitudes que repasaremos, constará la intervención de varios cuerpos policiales, con idas y venidas entre ambos, y hasta la intervención de un detective, que aconsejados por los anteriores, contrata la familia.

Lugar en el que apareció el cadáver de la joven

Mari Carmen Castell no regresó a casa aquella noche en la que en el pueblo se celebró, con sede en el cine “Victoria”, el festejo del carnaval. Estaba en compañía de una amiga de la misma edad, con la que después del baile acuden a sus domicilios con la intención de cambiar el disfraz por una vestimenta más cómoda, que en el caso de Mari Carmen era un mono de color negro tan de moda en aquella época.

A pesar de que uno de los músicos de la orquesta afirmó haberla visto en las inmediaciones de su domicilio sobre las 05:30 horas de la madrugada, en realidad sería al salir de su domicilio sobre las 03:00 de la madrugada y con ese mono la última vez que se la ve con vida, no acudiendo ya a la cita que tenía con su amiga una vez que las dos hubieran mudado el disfraz.

Es su padre, Jeroni Castell, antiguo alcalde del pueblo, quien en compañía de su familia la busca por la zona sin encontrarla, por lo que a primera hora de la mañana se persona en el cuartelillo de la Guardia Civil para interponer la correspondiente denuncia. Mientras se encuentra allí acude al lugar otra persona, un hombre que dice que su hija de diez años ha hallado en el recinto del castillo de la localidad el cuerpo sin vida de una joven.

En ese momento todos se dan cuenta de la gravedad de la situación, un mal asunto sin duda, en compañía de su padre se desplazan al lugar donde se hallaba aquel cadáver y aunque por estar desfigurado le costó, su padre reconoce en ese cuerpo el de su hija que en ropa interior, semidesnuda y sin el mono, yace muerta.

Es a partir de aquí cuando con cuidado y por no estar la escena del crimen muy “contaminada”, se acordona el lugar y con bastante acierto se recogen varios indicios que no siempre es posible. Antes de la autopsia los investigadores tenían en su poder unos mechones de pelo que la víctima tenía entre sus manos, sin duda al defenderse de la violación que más tarde se certificó.

Pero como en 1982 esa vía de investigación que se llama “ADN” estaba “en pañales”, los investigadores tiran de otros indicios que no son habituales en estos casos. Por encontrarse el terreno húmedo debido a las lluvias recientes aprecian y documentan muy próximas al lugar donde aparece el cuerpo las marcas de unos neumáticos estrechos, en un lugar donde es excepcional el tránsito de vehículos. Además observan, que en un árbol de no gran tamaño hay restos de pintura de color rojo, como si un coche hubiera rozado de manera leve allí.



Aunque no son reales, estas dos imágenes nos pueden dar idea de los indicios que se recogieron en la escena del crimen y que junto con el color de los cabellos sirvieron para iniciar la investigación, (composición propia de imágenes procedentes de la red)

Catorce golpes fueron los que se determinó en la autopsia que se propinaron con una piedra que no apareció al cuerpo de la joven, y que sirvieron para desfigurarla, se encontraron además claras señales de delito de fondo sexual. Estas circunstancias se suman a las anteriores y es el día del multitudinario sepelio cuando entre grandes escenas de dolor, el caso, como hemos dicho toma forma de “culebrón”.

Como Ulldecona hoy en día sigue siendo un pueblo pequeño, podemos imaginar que más lo era en aquel lejano 1982, y a falta en esa época de seriales televisivos que más tarde serían bautizados con ese término y que aún no se exhibían en nuestras pantallas, la noticia y sus detalles corren como la pólvora entre sus menos de 5000 habitantes de aquellos momentos.

Como ya se estaba trabajando en el asunto, y por el tamaño y forma de las roderas halladas cerca del cadáver ya se había determinado que las mismas correspondían a un vehículo de pequeño tamaño, se combinó con las marcas de pintura aparecidas en el árbol y dio como resultado que el vehículo sería en todo caso un “utilitario” de color rojo.

Los caminos intrincados que conducían al lugar hicieron pensar a los investigadores que el autor conocía el lugar, que podía ser del pueblo. Su escaso número de habitantes les conduce hacia un único sospechoso, un joven de la localidad de nombre Ramón Pascual Barranco del Amo que poseía un Renault-5 de color rojo, a lo que se sumaba además la coincidencia en el color y tipo de pelo que se había hallado en las manos del cadáver.

Pero en un pueblo pequeño todo se sabe y la sorpresa salta cuando el propio Ramón Barranco acude voluntariamente al cuartelillo de la Guardia Civil y declara que él mismo había visto a la joven esa madrugada en compañía de un joven de la cercana población de Alcanar. Este joven de nombre Rafael poseía un vehículo similar y el resto de los indicios también hacían posible su implicación.

Sorprendido por lo anterior, Rafael justifica que en ese momento se hallaba haciendo el servicio militar, coartada confirmada desde el Ejército, sin embargo el Juez ordena un careo entre ellos sin que el mismo ofrezca los resultados esperados. Debemos sumar a lo anterior que aquellos cabellos, que habían sido enviados a Madrid para su análisis, se pierden sin explicación, y que el mono que vestía la joven y hallado por sus familiares en el recinto del castillo tampoco ofreció indicio alguno, por lo que el caso entra en vía muerta, y se produce un parón en las investigaciones.

Pero el asunto da un giro inesperado, y es gracias al padre de la joven, que ante unas sospechas se persona en las dependencias del Cuerpo Nacional de Policía de la poco distante localidad de Tortosa. Allí da cuenta de un nuevo detalle del que luego hablaremos, y puenteando a la investigación del cuerpo anterior, el juez encarga el caso a los nuevos investigadores. Se suma a esto la aparición en ese momento de una denuncia de un intento de violación que no se consuma por parte de Ramón Barranco en la persona de otra joven, aunque el asunto no fue serio los agentes se enteran de que hacía muchos años también lo había intentado con una amiga de sus hermanas y proceden a su detención. Tenía que ser él.

Pero no queda claro que por la baja entidad de los actos pueda ser acusado directamente de violación o abusos en ninguno de estos dos casos, y el joven queda en libertad. Le son intervenidos sus teléfonos pero sin los resultados esperados acabamos otra vez en un callejón sin salida, por lo que la policía aconseja a su familia, como último recurso que contrate a un detective que se gane su confianza.

Este detective fue Jorge Colomer, que sigue el guion marcado por la policía, y tras unos meses llegamos al momento cumbre de su actuación. Es en un bar después de tomar unas copas y en instantes de complicidad cuando con un micrófono y la policía vigilando y grabando desde un coche camuflado, que el detective orienta la conversación hacia el tema sexual, lo que es aceptado por el sospechoso de buen grado. Tras unas idas y venidas sobre sus escarceos amorosos y pensando que era el momento se le pregunta abiertamente si fue él quien asesinó a la chica, lejos de confesarlo como se esperaba reacciona con gritos y violentamente tira la mesa al suelo.

Agotada esta vía volvemos otra vez a esa situación sin salida que parece irremisible y en la que se mantienen muchos casos similares, pero de este tendríamos otra vez novedades en el año 1993, cuando a instancias de la policía la autoridad judicial ordena la exhumación del cadáver. Dentro de su ropa interior se halla un pelo púbico masculino que había pasado desapercibido en el primer examen, además se vuelve ordenar la intervención de los teléfonos del sospechoso.

Aún con todo esto en marcha deberíamos ver pasar cinco años más, y es en este momento cuando se debe mencionar de nuevo la circunstancia que forzó al padre de la víctima a presentarse en la Comisaría de Tortosa, que no es otra que la amistad del jefe de puesto de la Guardia Civil con la familia de Ramón Barranco, a la que como luego quedó demostrado, pasaba de forma innoble datos secretos de la investigación que impidieron su incriminación en los intentos anteriores.

Pero afortunadamente algunas veces la suerte se le acaba a algunos, y es ya en el año 1998 cuando la Guardia Civil recibe una llamada anónima, con la voz de un varón de edad madura les comunica que el padre de Ramón Barranco había reconocido que su hijo era el autor del crimen. Debemos ver además que aparte de esa voz esta llamada no se recibe en el puesto de Ulldecona, se recibe directamente en la Comandancia de Tarragona.

A regañadientes y en un último intento antes de que prescribiera el caso el juez acepta reabrirlo, escogiendo unos días en que el sargento estaba de permiso tanto el padre como el hijo son detenidos con autorización judicial de grabar las conversaciones que entre ambos se mantengan en los calabozos. No fue tampoco así, los dos mantuvieron el tipo y el sospechoso dio nuevamente la misma versión que el día de su primera detención.

La implicación familiar en su “defensa” no acababa ahí, y tanto la madre y sus hermanas corroboran su versión. Viendo desde hace años el dolor de los familiares de la víctima, con los que se cruzaban a diario, encubren de forma reiterada y sin remordimientos al autor hasta que ya a punto de ser puesto de nuevo en libertad y con el caso a punto de prescribir, uno de los investigadores, al acabar un interrogatorio a su hermana pequeña le dice: ¿Pero tú puedes dormir tranquila?...

En este momento la chica dice: “Si me dan un cigarro lo cuento todo”.

Ramón Barranco mantuvo su inocencia durante todo el proceso, la Audiencia Provincial de Tarragona le condenó a 30 años, obtuvo la libertad total en 2018 y en la actualidad reside en la cercana localidad de Vinaroz, donde había sido comprado el mono negro que aquel día vestía la joven.





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